• Se suele señalar a 1385 como uno de los momentos de mayor incertidumbre política, social y económica no solo del medievo peninsular, sino prácticamente de toda la historia de España. En aquella precisa fecha, al factor estructural de lo que se ha venido en llamar la crisis del modelo de producción feudal, se le añadió un factor coyuntural bien conocido: el enfrentamiento bélico entre Castilla y Portugal. Este evento, que, como es sabido, se acabó por decidir en Aljubarrota entre el 13 y el 14 de agosto de 1385, se convirtió inmediatamente en elemento básico de la identidad nacional portuguesa, como ya fue desgranado por Arnaut, o Duarte, entre otros. A estos estudios clásicos sobre Aljubarrota, debemos sumar ahora varias aproximaciones más actuales sobre mito y realidad asociados a esta construcción identitaria, como los de Ventura, la biografía de Coelho sobre João I, y la colección de ensayos editada por Monteiro. Sin embargo, en este trabajo me alejaré conscientemente de la perspectiva portuguesa sobre aquella fecha clave y de los estudios puramente bélicos sobre la jornada, no porque no sean interesantes ni relevantes para el tema que me dispongo a tratar –todo lo contrario, de hecho–, sino porque me voy a centrar tan solo en los análisis políticos y culturales realizados por la historiografía del lado castellano del conflicto. Tanto entonces como ahora, la inmensa mayoría de escritos ha mostrado unas conclusiones ciertamente catastróficas respecto a lo mucho que el linaje entronizado en Montiel perdió con ocasión de aquella amarga jornada