• Un personaje espectral, sin nombre, acaso de identidades múltiples, nos acompaña a lo largo de la sección central de Los detectives salvajes, estableciendo su propio itinerario de deseo y frustración, de fracaso, en paralelo a los recorridos quebrados de Arturo Belano y Ulises Lima.1 Se trata de alguien al que podríamos dar el nombre de El Entrevistador, y el resultado textual de su peregrinaje erudito es la extraordinaria explosión de oralidad transcrita que constituye el corazón de la novela. De forma aparentemente incontenible, de acuerdo con una lógica proliferante propia del delirio, Bolaño acumula hablantes y declaraciones, que pueden entenderse como testigos y testimonios, para escenificar los procesos compiladores propios del Archivo y demostrar cuán fútiles e improductivos pueden ser. Dicho fracaso es productivo, pues al diferir la obtención de un significado completo, impulsa al Entrevistador en su empresa, al tiempo que también resulta contagioso. En efecto, cada entrevista consta de una estructura triangular y opera como una pequeña máquina retórica de transferencia de deseo del interlocutor, sin nombre ni identidad, al lector, que escucha (lee) tan callado como aquél y participa potencialmente de su frustración